domingo, 2 de noviembre de 2008
Horizontalmente hablando. J. Guerra.
Mis horizontes siempre permanecen quietos,
por ello,
los rebaños de estupideces se quedan al margen
porque esa fina línea siempre fue de mi dominio
y no usé palabras cóncavas para definirlos.
Mi letra, mi sangre y mi verdad los acuñan,
los protegen de las mentiras más angulosas
y de las musas que el poeta interpretaría
donde su inmensidad no alcanza más que el largo de una nariz.
Nadie los habrá tocado jamás,
demasiado delicados para los corazones toscos,
reservados, como no, solo para quien los pudiera acoger.
jueves, 30 de octubre de 2008
Soy. J. Guerra.
Yo soy el que se ha cortado la lengua.
Soy yo,
quien inundado de amaneceres,
gira la cabeza
para comprobar que estoy
en ninguna parte.
Tampoco mordiéndome los dedos logro gran cosa.
Soy...
mudo poeta sin privilegios,
sordo poeta sin interiores.
domingo, 19 de octubre de 2008
Maravillosos. J. Guerra.

Fotografía original de J. Guerra.
Soñaba que soñaba que aquella playa poseía un curioso color magenta en su arena. Soñaba que soñaba que no solo la espuma del mar era capaz de dejarme boquiabierto, sino que tu sonrisa, también lo hacía. Soñaba que soñaba que las algas en la orilla eran lazos de amor eterno y que el sol volvería a salir siempre por el mismo lugar.
domingo, 12 de octubre de 2008
Amor arácnido. J. Guerra.
Sacó la mano por uno de los barrotes que lo custodiaban y pudo entonces comprobar que fuera llovía. Había perdido la vista por culpa de su veneno, pero aun así, por su pecho, emanaba el inconfundible suspiro que provoca el amor imposible. Ella y su pequeño cuerpo de araña, no hacían más que atormentar su presidio, penetrando en cada uno de sus sueños húmedos y en cada una de sus más disparatadas divagaciones. Ella y su pequeño cuerpo de araña, no sólo le habían quitada el privilegio de poder contemplarla, sino también la satisfacción de haber sido devorado lentamente.
sábado, 20 de septiembre de 2008
Noches. J. Guerra.
Estrecho la línea verde que nos ha unido
y la estrecho para hacerme con tu cuerpo
y deslizarme sobre tu desnudez.
Ni si quiera a propósito
hubiese podido escribir la sensación
que provoca el sabor de nuestro sudor
mezclado dentro de mi boca.
Tampoco mi boca hubiese podido
tenerte tan dentro…
ni siquiera con estos versos.
Caemos.
Caemos boca arriba,
esperando la ráfaga del ventilador
sobre nuestros humeantes sexos.
Recojo del suelo mi libreta,
y mientras te quedas dormida
enredada entre las sábanas,
yo te escribo.
Aún así no consigo nada,
mis textos se hacen imposibles
intentando un pedacito de ese momento.
Poemas de piel II. J. Gerra.

Fotografía original de J. Guerra.
Después de escribir aquel poema que hablaba de piel y distancias, de deseo y confusión… tomé un último trago directamente de la botella, recogí algunas cosas que había llevado y sin despedirme, pude escapar por la rendija que quedaba bajo la puerta de tu habitación. Nunca más supe de tu piel hasta que te encontraron muerta de soledad, con un borrón de tinta en lo que quedaba de tu vientre.
Poema de piel. J. Guerra.
Manténte quieta, por favor. Si sigues hablando, tu cuerpo se mueve y no podré seguir escribiendo sobre tu vientre. No quiero que hables ni que me prometas tu amor de por vida. Lo único que deseo es que te mantengas quieta para terminar este poema que habla de tu piel.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Perro. J. Guerra.
He decidido despertar y dormir en el abismo,
donde las cosas penden de un hilo,
en el filo de las navajas,
en el caos de esta ciudad.
Las esquinas aparecen afiladas,
cada día más profusas
llenas de pintadas
tan irrelevantes como mi presencia aquí.
Repaso en mi memoria los momentos ácidos,
Reinterpreto miradas y gestos
En busca de soluciones
Que se antojan complejas.
Aún así encuentro connotaciones dramáticas,
Meras filias por el pecho incontrolable…
Balbuceo
Y descubro una calle que nunca había visto.
Asumo mi rol de ciudadano
Y decido, según Ockham,
Mimetizarme con el medio
Sin hacer más ruido que un perro.
Y es desde esta perspectiva,
Donde lo horizontal me queda más a pata,
Que descubro que mear en las malditas esquinas
Me gusta.
Que buscar en los desperdicios y bolsas de basura
Es mucho más gratificante
Que buscar miradas expiatorias
En la Calle Castillo.
La parsimonia asimilada,
La economía de palabras mal sonantes
Y la simplicidad del asfalto visto de cerca
Me han devuelto a la calma.
donde las cosas penden de un hilo,
en el filo de las navajas,
en el caos de esta ciudad.
Las esquinas aparecen afiladas,
cada día más profusas
llenas de pintadas
tan irrelevantes como mi presencia aquí.
Repaso en mi memoria los momentos ácidos,
Reinterpreto miradas y gestos
En busca de soluciones
Que se antojan complejas.
Aún así encuentro connotaciones dramáticas,
Meras filias por el pecho incontrolable…
Balbuceo
Y descubro una calle que nunca había visto.
Asumo mi rol de ciudadano
Y decido, según Ockham,
Mimetizarme con el medio
Sin hacer más ruido que un perro.
Y es desde esta perspectiva,
Donde lo horizontal me queda más a pata,
Que descubro que mear en las malditas esquinas
Me gusta.
Que buscar en los desperdicios y bolsas de basura
Es mucho más gratificante
Que buscar miradas expiatorias
En la Calle Castillo.
La parsimonia asimilada,
La economía de palabras mal sonantes
Y la simplicidad del asfalto visto de cerca
Me han devuelto a la calma.
Cierro los ojos. J. Guerra.
Cierro los ojos
para que el mundo entero calle.
La palabra última pronunciada
la dejo ingrávida.
Pienso en que moriré con puntualidad
para a la hora de reinventarme,
ser un poco más exacto.
Cojo una fruta,
cualquier fruta,
y abro mi sonrisa
pensando en aquellos momentos.
El arte exiliado,
la maleta repleta de versos,
mis manos…
mis manos entre mías y suyas,
muerdo,
miro,
estallo en una carcajada...
Alguien que pasa por aquí
me mira extrañado,
con cara casi de susto…
y yo más río.
Cierro los ojos
para que el mundo entero calle.
para que el mundo entero calle.
La palabra última pronunciada
la dejo ingrávida.
Pienso en que moriré con puntualidad
para a la hora de reinventarme,
ser un poco más exacto.
Cojo una fruta,
cualquier fruta,
y abro mi sonrisa
pensando en aquellos momentos.
El arte exiliado,
la maleta repleta de versos,
mis manos…
mis manos entre mías y suyas,
muerdo,
miro,
estallo en una carcajada...
Alguien que pasa por aquí
me mira extrañado,
con cara casi de susto…
y yo más río.
Cierro los ojos
para que el mundo entero calle.
sábado, 13 de septiembre de 2008
Suicidio o morir de error. D. Chacón.
Antes de estrellarse contra el suelo, la miró con asombro. Saltaremos juntos —le había asegurado la bella bellísima—. Una. Dos. Y tres. Y él se precipitó. Y la bella bellísima le soltó la mano. Y desde lo alto, asomada bellísima en azul, le juró que le amaría hasta la muerte.
Un relato estupendo de Dulce Chacón.
Sencillamente genial.
Sencillamente genial.
viernes, 12 de septiembre de 2008
Dulces sueños. J. Guerra.
La dulce profesora que en la infancia tantos sueños me concedió, reaparece hoy para proponer un proyecto de vida extraordinario. Pequeños centauros y otros seres que yo creía mitológicos, nos acompañarán en la difícil misión de ablandar espinas. Y es que muchos tienen el cuerpo lleno de ellas, unos por vicio y otros por falta de convicción. En fin, que esta punzante tarea que me regala, es para mí, otro sueño inmejorable.
lunes, 8 de septiembre de 2008
Cavilaciones. J. Guerra.
En cada mañana le urge el cambio, y son escasas las voces que logran conferirle un estado de reposo que vaya más allá de su abnegación. Los pasillos, tan rectos, se le escapan y obligan a sumergirse algo más en la histeria y ansiedad de la microficción, pero aún así, su propio mutismo es tan bello y tan electrificante que no puede desprenderse sin más de él. Llega la noche y lo único que desea es descansar sobre un lecho complicado, como un amasijo de hierros retorcidos, y sentir así la incomodidad de las existencias balutas y otorgar las debidas importancias a las sensaciones y pretenciones de estos días.
domingo, 7 de septiembre de 2008
Dispuesta a permanecer callada. J. Guerra.
Como comienzo, admito que no logro encontrar el momento en que todo empezó a quedar más atrás de las pequeñas cosas que absurdamente quedan en la memoria. Creemos que ante nuestro protectorado, un tremendo dragón con coraza de bronce y otros metales, nos custodia con su sola presencia, sentimos el acuno de la hojarasca bajo los pies y contemplamos las tapias tan anchas y tan hormigonadas que nos hacen sentir sentir seguros de casi todo. La cautela danza en nuestra coronación cuando nos otorgamos una gran esfera para ser emperadores de nuestras mentiritas así como de nuestras intensidades y entregas para con nuestros propios suspiros, y en algunos momentos puntuales, para con los demás. En la vagancia, omitimos sellar cada encuentro con la serenidad suficiente como para convertirlo en eterno; es el tiempo, que con el barro que nos pertenece, hace a su antojo modelos inmombrables de lo que fuimos, somos, y dejaremos de ser. El contorno del que disfrutamos no es más que la corteza, la cáscara amarga colgada de un modo trágico sobre un esqueleto a la deriva.
Custodias, cautelas, coronas y poderosas esferas acaban cediendo al más desgastador de los sufrimientos, al jodido olvido. Lentamente, o algo más rápido, los pañuelos que comenzaban a empaparse se secarán en la impotencia de los rodeantes que rumorean en las tardes pardas y así, continuará la sucesión de días y buenos humores sin apenas producirse acontecimientos dignos de ser mencionados.
Te ha tocado a ti como a tantos otros a los que cariñosamente llamaré club de los despistados. La salud casi como un roble, al menos toda la que se puede medir, a veces los dientes castañean, pero al principio la importancia es poca, luego insegura, después triste y amarga y pasiva últimamente. Los recuerdos se acobardan y salen huyendo, imagino, pues aún insistiendo en las preguntas, ninguno parece asomar de forma voluntaria. Se tuercen las emociones de los que vemos como dulcemente te despistas y la cabeza parece desgastada por la misma intemperie que va entumeciendo tus reumáticos huesos. Se evidencia, entonces, la condición de inquilino de un cuerpo y una mente con vagas evocaciones a un pasado más lejano de lo que nos gustaría. Así es, y nos asombramos de vez en cuando ante el avance trepidante de tu cruz. Incluso asusta. Brevemente hacemos reflexiones precipitadas, seguramente motivadas por tus silencios, deseando acercarnos a aquellas historias que contabas o habernos sacado mas fotografías. Pero no podemos evitar estrujarnos el pecho cuando nos preguntas que quién somos.
No queda más remedio que hacer acopio de recuerdos, desear que el dolor no empañe ahora tu vulnerable inocencia y que el destino sea amable.
Amanece una vez más, te miramos, pero pareces dispuesta a permanecer callada.
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