domingo, 7 de septiembre de 2008

Dispuesta a permanecer callada. J. Guerra.


Fotografía original de J. Guerra.

Como comienzo, admito que no logro encontrar el momento en que todo empezó a quedar más atrás de las pequeñas cosas que absurdamente quedan en la memoria. Creemos que ante nuestro protectorado, un tremendo dragón con coraza de bronce y otros metales, nos custodia con su sola presencia, sentimos el acuno de la hojarasca bajo los pies y contemplamos las tapias tan anchas y tan hormigonadas que nos hacen sentir sentir seguros de casi todo. La cautela danza en nuestra coronación cuando nos otorgamos una gran esfera para ser emperadores de nuestras mentiritas así como de nuestras intensidades y entregas para con nuestros propios suspiros, y en algunos momentos puntuales, para con los demás. En la vagancia, omitimos sellar cada encuentro con la serenidad suficiente como para convertirlo en eterno; es el tiempo, que con el barro que nos pertenece, hace a su antojo modelos inmombrables de lo que fuimos, somos, y dejaremos de ser. El contorno del que disfrutamos no es más que la corteza, la cáscara amarga colgada de un modo trágico sobre un esqueleto a la deriva.

Custodias, cautelas, coronas y poderosas esferas acaban cediendo al más desgastador de los sufrimientos, al jodido olvido. Lentamente, o algo más rápido, los pañuelos que comenzaban a empaparse se secarán en la impotencia de los rodeantes que rumorean en las tardes pardas y así, continuará la sucesión de días y buenos humores sin apenas producirse acontecimientos dignos de ser mencionados.

Te ha tocado a ti como a tantos otros a los que cariñosamente llamaré club de los despistados. La salud casi como un roble, al menos toda la que se puede medir, a veces los dientes castañean, pero al principio la importancia es poca, luego insegura, después triste y amarga y pasiva últimamente. Los recuerdos se acobardan y salen huyendo, imagino, pues aún insistiendo en las preguntas, ninguno parece asomar de forma voluntaria. Se tuercen las emociones de los que vemos como dulcemente te despistas y la cabeza parece desgastada por la misma intemperie que va entumeciendo tus reumáticos huesos. Se evidencia, entonces, la condición de inquilino de un cuerpo y una mente con vagas evocaciones a un pasado más lejano de lo que nos gustaría. Así es, y nos asombramos de vez en cuando ante el avance trepidante de tu cruz. Incluso asusta. Brevemente hacemos reflexiones precipitadas, seguramente motivadas por tus silencios, deseando acercarnos a aquellas historias que contabas o habernos sacado mas fotografías. Pero no podemos evitar estrujarnos el pecho cuando nos preguntas que quién somos.

No queda más remedio que hacer acopio de recuerdos, desear que el dolor no empañe ahora tu vulnerable inocencia y que el destino sea amable.

Amanece una vez más, te miramos, pero pareces dispuesta a permanecer callada.

2 comentarios:

David J. dijo...

Camino por las calles que una vez
guardaron mis secretos de niñez
y hoy no, hoy no, no los encuentro.
Algún ladrido rebota en la pared
oigo llamadas de voces del ayer
y no, yo no llego a tiempo.
Hoy encontré todas las ventanas rotas y vuelvo a ser un recién llegado más todo ha cambiado y yo no me encuentro.
Las grúas de hierro destruyeron mi pais solo hay cemento es el progreso gris perdón, perdón, yo no lo veo.
Como un camión de paja mal tapado
dejé mi alma por todos lados
se fue, se fue desmenuzando.
Y es que es verdad que el tiempo no te espera hoy soy aquí solo un extranjero más un inmigrante del desaliento.

Anónimo dijo...

Gracias por estrenar los comentarios de mi blog. Espero que sigas leyendo y comentando a medida que voy escribiendo.
Saludos