lunes, 8 de septiembre de 2008
Cavilaciones. J. Guerra.
En cada mañana le urge el cambio, y son escasas las voces que logran conferirle un estado de reposo que vaya más allá de su abnegación. Los pasillos, tan rectos, se le escapan y obligan a sumergirse algo más en la histeria y ansiedad de la microficción, pero aún así, su propio mutismo es tan bello y tan electrificante que no puede desprenderse sin más de él. Llega la noche y lo único que desea es descansar sobre un lecho complicado, como un amasijo de hierros retorcidos, y sentir así la incomodidad de las existencias balutas y otorgar las debidas importancias a las sensaciones y pretenciones de estos días.
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